Sólo creo en la música que invita a la felicidad (Diario Vasco 28/07/07)

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Este hombre de gesto afable y sonrisa fácil mantiene una doble vida. Nació en Irún, tiene 60 años, ha dirigido empresas con cientos de trabajadores y hoy es consultor y director general de Dimensión, la agencia de comunicación de San Sebastián. Pero a la vez, fue músico del grupo Los Amis, compone canciones y, cuando tiene tiempo, se encierra con sus 28 guitarras en el estudio de grabación que, como un capricho, se ha construido en su casa de Biarritz. Ahora lanza un nuevo disco, El Duende en Wonderland, del que ha sido compositor, ingeniero de sonido y músico principal. Amigos y colegas de la agencia le han ayudado en las letras y voces de las canciones.

– Ejecutivo de día, músico de noche. Parece usted un personaje de una telecomedia de la Fox.

– La música ha sido una constante y una pasión en mi vida. Y mi trabajo también: siempre he procurado pasarlo bien en mi profesión. Pero admito que a veces no fue fácil compaginar las dos cosas. Cuando estaba al frente de un grupo de empresas, me daba vergüenza comentar a mis colegas que dedicaba horas a la guitarra. Parece que es algo frívolo. En este país somos sosos en ese tema: en Estados Unidos hasta resulta un valor que un hombre de empresa sea luego músico. ¿Mira cómo les gustaba sacar a Clinton tocando el saxo!

– ¿Cuándo arranca su relación activa con la música?

– Yo estudié en ingeniería industrial en la Universidad de Navarra, sin embargo formé un grupo con otros amigos en Deusto: Los Amis. Grabamos varios discos, llegamos a figurar en la lista de Los 40 principales y hasta actuamos en escenarios como el Victoria Eugenia. Hacíamos pop, propio de aquel tiempo, finales de los 60 y principios de los 70. Algunos de esos discos se venden ahora a precios astronómicos, para coleccionistas.

– Luego empezó en el mundo de la empresa y su otro yo, el guitarrista, pasó a la reserva.

– Sí, pero nunca del todo. Llevo años grabando discos por puro placer. Mi mujer y mi hijo me han animado siempre y tengo un estudio de grabación con los mejores medios tecnológicos. Ahí paso las horas tocando y grabando.

– Y así surge El Duende de Wonderland.

– Prácticamente todas las canciones las he compuesto yo, y las letras son de amigos y compañeros. Las voces también son de colegas, porque mi voz, desde luego, no es grabable. Me gusta la bossa nova, el jazz, el blues, y todas esas influencias pueden encontrarse en el disco. También mis colegas, con Guille Vlgione a la cabeza, se han encargado de la portada y el «envoltorio», que ha quedado magnífico. Lo hago por placer y de momento no hemos empezado con la distribución. A los interesados les remito a mi correo electrónico.

– Disfruta también como espectador…

– Acabo de volver del festival de jazz de Rotterdam, que es maravilloso: pagas doce euros y accedes a un recinto en el que puedes ver varios conciertos de la máxima calidad casi al mismo tiempo. Pero valoro mucho el Festival de Jazz de Donostia: aquí hay mucha cultura musical. Vas a un concierto de Pat Metheny, por ejemplo, y compruebas que el público entiende y, a la vez, que la reacción de los espectadores llega al propio artista. Yo suelo ir con prismáticos y veo en primer plano la cara del músico, y puedo dar fe de que artistas como Metheny quedaron tocados por el público. Sólo pediría al Jazzaldia que traiga más gente distinta, no los mismos nombres.

– ¿Nunca se ha planteado utilizar su música para trabajos de una agencia de publicidad?

¡No! Sólo he grabado una cosa por pura emergencia. Para mi la música es libertad, y en un jingle para un spot opinan todos, los creativos y los realizadores.

– ¿Le gustaría dar un salto hacia la música profesional?

– Sí me encantaría que mis canciones fueran utilizadas por otros. Uno de mis temas estuvo a punto de entrar en un disco de Ana Belén y ahora hay varios proyectos en esa línea. Eso me haría feliz.

– ¿Por qué defiende el lado ‘positivo’ de la música?

– Entiendo la música como un mecanismo para dar placer, una vía hacia la felicidad. Cuando mis amigos escriben las letras para mis canciones sólo les pido una cosa: que no sean tristes, Hay «blues» desgarrados preciosos, pero yo quiero música feliz. Escuché a un compositor de cine francés, autor de bandas sonoras de prestigiosas películas, decir que él era incapaz de componer música para las escenas tristes o desagradables. Afirmó que no podría poner música a la secuencia de una violación o un asesinato. Pues yo, igual.

– O sea, que si tuviera que elegir, ¿qué prefiere ser de mayor, Pat Metheny o Bill Gates?

– Ya soy mayor para ser Bill Gates, y soy de los que disfrutan trabajando. Para la música siempre hay tiempo.

– Para terminar, confiese: ¿preferiría una buena crítica musical de su disco o un estupendo balance de cuentas en su empresa?

– El balance de cuentas forma parte de mi obligación. Y disfruto cuando oigo a alguien que le gusta mi música. Salvando las distancias, recuerda lo que le pasó a Einstein: tocaba el violín como afición y una vez que iba a dar un pequeño concierto, un joven periodista que no sabía que se trataba de un gran científico lo anunció en el periódico como «el prestigioso violinista Albert Einstein». Aseguran que Einstein guardó ese recorte casi con más cariño que sus galardones científicos.

Fuente: Diario Vasco 28/07/2007

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